¿Qué quiero ser cuando sea grande?

Nunca tuve bien en claro que es a lo que me quiero dedicar. Las profesiones y los oficios me son esquivos y nunca tuve predilección por nada. Bueno, no es tan así.

Cuando era niño quería ser chofer de colectivos, más precisamente de la línea 79, que une diversas localidades de la zona sur del Gran Buenos Aires con el barrio porteño de Constitución. Recuerdo que sabía el número de interno de los coches cada vez que estos se acercaban a la parada. Los internos 129 y 157 hacían un recorrido fijo, entre Numancia y Glew

Luego quise ser futbolista. Todos los días, después del colegio, nos ibamos con mi hermano y vecinos al terreno baldío que había al lado de mi casa y allí pasábamos horas jugando a la pelota. Nuestro equipo se llamaba Torrelaguna, nombre que me robé de un frasco de aceitunas que mi papá había traído una vez para ponerle a las pizzas que, aún hoy, hace mi mamá.

Después quise ser músico y con mi hermano y un vecino nos hicimos unas guitarras de cartón y una batería con unos bidones. Tocábamos encima del primer disco de Los Super Ratones y de “Guerrero del Arco Iris” si no me equivoco, el segundo disco de Rata Blanca. Aunque nuestros primeros cassettes fueron “El cielo puede esperar” de A77aque y el primer disco de Jazzy Mel, sendos regalos de mi abuela Yolanda.

Durante mi adolescencia fui parte de bandas punk. Yo era el baterista. Sigo siéndolo, pero hace mucho abandoné el género. 

Esa fue la segunda vez (la primera consciente) que dije: esto es a lo que me quiero dedicar: a la música.

Entonces dejé el punk y me puse a estudiar música en un conservatorio. Hice 2 años, casi 3. Y me aburrí.

En este punto de mi vida, apareció el cine, aunque, debo confesar, no recuerdo cuál fue la primer película que vi en mi vida. Debió haber sido “Ico, el caballito valiente”, “Trapito” o “Querida, encogí a los niños”, pero ahora que lo pienso, creo que antes de eso vi “Mingo y Aníbal contra los fantasmas” o “Mingo y Aníbal en la mansión del terror”

Nada hacía suponer y tampoco había ningún motivo para que estas obras, si se las puede llamar de ese modo, sean fundacionales en mi vida cinematográfica y me hayan marcado. No lo creo. Deberían haberme alejado para siempre de la pantalla grande.

Finalmente apareció Internet y con ella los blogs, las redes sociales… todo lo demás quedó en segundo plano. Aprendí a maquetar html, a googlear todo, a chatear.

Luego de haber escrito varios blogs y haberlos cerrado, llegamos al presente.

No sé que va a venir después, sin embargo ya sé que es lo que quiero ser cuando sea grande: quiero ser feliz.